Savateriana
Savater se nos ha enfadado. Para una vez que los políticos de ahora atienden (me apetece obviar los motivos, la causa justifica con creces esta elipsis) a lo que un sector importante y (quizás, tal vez) creciente del pueblo les pide, resulta que el gran filósofo decide encontrar sólo motivos para la cuita, la percepción de signos indudables del derrumbe de la democracia, en la prohibición de corridas de toros en Cataluña. La hecatombe, el horror. Suponemos que habla de la clase de democracia que le interesa a él, aquélla que permitió una Ley de Partidos por vía casi más judicial que parlamentaria para su inmenso regocijo, el del filósofo, el del sabio que pergeña libritos de autoayuda embozados en otra cosa. Hagan el favor de no refocilarse en juicios primitivos, porque el argumento prima aquí mecanismos, no contenidos: lo terrible no es que Savater recibiera la Ley de Partidos como una colegiala enfebrecida recibiría a las puertas de un concierto a los Tokyo Hotel (piensen en Savater, piensen…), sino que aquello le pareciera impecablemente democrático al tiempo que esto deja de parecérselo. Conjuguemos el verbo a la manera perversa, por lo visto el método está de moda entre todos estos próceres que opinan con el bozal aún fresco decorando sus mesillas de noche: la prohibición de los toros es mala para la democracia porque procede de la imposición de un Parlamento soberano (hace dos días nadie ponía en duda que lo fuese) a solicitud de una iniciativa popular masiva, ergo la prohibición de ciertos partidos políticos y/o reuniones de acólitos sospechosos es buena para la democracia porque la delimitación de sus extremos viene dada por la imposición de un Parlamento soberano sin que medie iniciativa popular alguna. Difícil equilibrio, ¿verdad?
El malabarismo no acaba ahí, claro. Tratándose de quien se trata, cualquier otra cosa nos hubiera sorprendido. Si comparar la Ley de Partidos con la prohibición de las corridas de toros les suena desafinado (mecanismos, recuerden…), agárrense a lo que viene: una cámara de representación popular cuya misión, entre otras, consiste en elaborar, proponer y aprobar normas jurídicas, ni más ni menos que legislar, se atreve a cumplir con su deber. Esto, en un derrote de destreza deslumbrante, lleva a Savater a sustentar que toda prohibición dimanada de la actuación de cualquier organismo electo (¿o sólo ocurre así cuando el organismo es de cierta región o el objeto de la prohibición nos agrada como el comer y el joder juntos?) es señal de abuso y opresión, lo opuesto a la democracia. A su democracia, queremos suponer de nuevo. Por eso el Parlamento catalán pasa a ser, por arte y gracia (más de lo segundo) del filósofo, algo parecidísimo al Tribunal del Santo Oficio. ¿A quién o quiénes me recuerda esa forma de embastar silogismos? ¿Serán ésos (ya saben) ahora amigos de Savater, tan dado él a cambiar de amistades y filias según sople el viento?
El filósofo que escribe breviarios para enseñarnos a ser mejores personas, ni corto ni perezoso (de lo segundo tal vez podríamos dar fe si nos apeteciera) nos vocea desde su atrilillo de quita y pon que comer huevos de gallinas y montar a caballo no es maltrato animal, de modo que tampoco puede serlo matar toros previo sadismo de variable duración. Lo mismo una cosa que la otra, un parangón tan pulcro y elegante como quien lo emite. “Tratar bien a un toro de lidia consiste en lidiarlo”, dice. ¿No dan ganas de comprar todos sus libros una y otra vez, parando sólo para tomar aire? Obvia Savater, claro, que el toro, el toro bravo, es muy anterior a esa ficción de usanzas que ciertas catervas de imbéciles e hijos de padres varios, ávidos de esa sangre que no les corre por las venas, llaman Tauromaquía, “tradición” que, dicho sea de paso, en nada se parecía a las actuales corridas de toros (si a su verdadera antigüedad quiere alegarse, pandilla de salvajes con ínfulas, vuestra adorada corrida data de finales del XVIII), del mismo modo que los judíos son anteriores al Holocausto nazi, por ejemplificarlo con la misma finura que gasta el maestro Savater.
El hombre de los razonamientos angostos, no contento con todo lo anterior, vuelve a gustarse en un triple mortal con tirabuzón para secar de sonrojo a sus lectores enarbolando un último vicio del postulado protaurino: “(…) comparada con la existencia de muchos animales de nuestras granjas o nuestros laboratorios, la vida de los toros es principesca. Y su muerte luchando en la plaza no desmiente ese privilegio, lo mismo que seguimos considerando en conjunto afortunado a un millonario que tras sesenta o setenta años a cuerpo de rey pasa su último mes padeciendo en la UCI”. Es, tal vez, la comparación más dichosa que el ínclito Savater ha parido en años y años de verbosidad sin límite. Imagínenselo. Gracias, don Fernando; cuando a un niño palestino lo destroce un misil tierra-tierra, pensaré en ese millonario que desaparece de nuestro mundo bajo las atenciones de una planta entera en una clínica privada y, pase lo que pase, no dejaré de encomiar el valor de la lección savateriana: al parecer, una y otra muerte son COSA IDÉNTICA. La volición, lo sobrevenido, lo buscado, todo eso lo guardamos bajo la alfombra porque resulta que, de repente, nos obstruye la retórica del postín y el escaparate. Por cierto, si animal y hombre pasan a estar ahora en el mismo estribo (toro versus anciano agonizante en UCI…), ¿en qué parte de la “tortura” o el “asesinato” se nos enturbia la ecuación al hablar de corridas de toros?
Alégrense el filósofo y los de su azorada turba: nos tememos que esto quedará en poca cosa, mucho menos de lo que podría ser; la clase política del resto de España ha decidido avanzar su dictamen, a derecha y a izquierda, por si terciara el apuro más allá de Cataluña y Canarias. No sea que se pierdan votos, claro. Un cachondeo la estampa de Esperanza Aguirre, aquélla que –cuentan– montó una especie de hampa para espiar a los de su propio partido en Madrid, invocando ahora “libertades” con tan convencida excitación. El humor. Y, entretanto, Savater nos amasa la entraña con costumbres arraigadas, industrias y cachivaches, como si matar al de al lado no fuera todo eso y más en según qué mundos muy, muy, muy (diríase) alejados de éste, del nuestro. Porque, verán, a Savater, como a otros muchos voceros de la causa taurina, no se les atisba tan firme el paso con según qué asuntos. Como para dejarse enmarañar en otros menesteres. Claro que a él, al filósofo, aún le cabe recurrir a la excusa de andar distraído por la publicación, en septiembre, de su nuevo libro: Tauroética. Cosas del albur, un ensayo sobre toros. Cual hecho a medida. ¿Dónde creen ustedes que lo publicará, en Planeta o en Espasa? ¿A qué ascua estará más arrimado ahora? Se admiten apuestas.
Luis M Are
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