Los Duelistas
Sexo y derrota son siempre
asuntos de perspectiva
Yásnaia Chertkov
Llegué al bar media hora antes de lo convenido, sólo había un par de borrachos adheridos a la barra como moscas atrapadas. Una idea estúpida voló rasante por mi cabeza: que eran como estatuas o muertos vivos, que siempre estaban allí; que pertenecían a aquel lugar, de hecho; el bar echaba el cierre pero ellos permanecían, como la máquina de tabaco o las tragaperras. Mobiliario humano y todo eso... Se acercó el barman.
—Lo mismo que ése...
Cuando Susana llegó más o menos treinta minutos después, puntual a la cita, como siempre, andaba ya por el tercer whisky doble. Tuve que entornar los ojos para acabar de reconocerla.
—Creí que no bebías...
—Y no lo hago.
—¿Llevas mucho esperando?
Vi cómo miraba mi vaso casi vacío, contestándose ella misma la pregunta. Lo que probablemente no imaginaba, todo y que bien pudiera haberlo sospechado, es que aquél no era el primero de la tarde.
—Qué va, mujer, apenas llevo aquí cinco minutos.
Susana asintió dándose por enterada —fijo también que me pilló la mentira.
—Si te parece lo dejamos estar...
—Ni hablar —contesté, me chupé lo que me quedaba de whisky de una sentada y me encaminé hacia la habitación contigua—: Vamos ya —ella me siguió.
Por fin nos encontrábamos de nuevo frente a frente, mirándonos a los ojos igual que duelistas, pero mucho más de cerca, claro. Fue ella quien decidió romper el silencio:
—Sabes perfectamente que esto es cosa de cuatro.
—Tan perfectamente como sabes que esto es cosa de dos... Tú y yo.
—Joder...
—Creí que no decías tacos.
—Y no lo hago.
—Ya lo veo, ya...
—Mírate Javi, pero si apenas te tienes en pie.
—Eso es asunto mío. Quién sabe, a lo mejor borracho lo hago mejor que sobrio y recibes al fin tu merecido.
—Javieeer, ¡no me provoques!
—Creo que llegas tarde, Sus, guapa... ¿Te escuchas? Ya estás gritando...
—Toda tu vida vas a ser el mismo cretino de siempre.
—Uí, sé muá... —le provoqué con mi perfecto francés de bachiller de tercera.
—Bien, en ese caso, vamos a ello de una vez.
—No puedo estar más de acuerdo, me estaba cansando de tanta cháchara —y contemplé satisfecho cómo echaba mano al bolso...
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Cuando entré en el bar él ya estaba allí, en la barra, tirando de lingotazo, aquello ya no me gustó. Me miró, cerró los ojos y los volvió a abrir; sólo entonces me vio y se levantó del taburete. Le pregunté si le había vuelto a dar por la bebida o qué, si llevaba mucho esperando; me contestó que no, que ni una cosa ni la otra, que acababa de llegar. Me costó lo mío entenderle, se le trababa la lengua y arrastraba las vocales. Menuda tenía encima, seguro que llevaba dándole al pimple desde horas atrás. Si ya no me había gustado la idea en condiciones normales, imagínatelo con aquella cogorza. Así que intenté escurrir el bulto proponiéndole que lo dejásemos para otro día, que no parecía estar en condiciones ni para aquello ni para nada, pero se negó en redondo. De un trago se metió entre pecho y espalda lo que le quedaba de vaso y se metió en la habitación, trastabillando. Estaba que se caía, no hacía más que entornar una y otra vez la mirada y basculaba sobre sus pies como un tentetieso. Le dije que si ya tenía en cuenta dónde se metía, que aquello, lo sabía perfectamente, era cosa de cuatro, a lo que me contestó que si tres son siempre multitud, cuatro ya ni te cuento. O al menos eso fue lo que creí entender. Que no, que aquello era algo entre él y yo, insistía. Contraataqué diciéndole que estaba borracho y él me provocó con que mejor, que así seguro que yo salía de allí con el rabo entre las piernas. Joder. Ya volvía como siempre. Javierito y sus cursivas. Sabe que no soporto que lo haga y él dale. Conque le dije que siempre me había parecido un cretino y que nunca iba a cambiar, a lo que me contestó, casi cayéndose, que sí, ése soy yo, nena... Bueno. Estaba tan decidido que no quedaba otra, yo no quise desde el principio pero se lo había buscado: estaba más que dispuesta a darle su merecido. Le pregunté si estaba listo y me contestó que por supuesto, insolente y gallito. Pues de acuerdo entonces. Eché mano del bolso y saqué una moneda...
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Las nueve bolas cayeron al cajón. Susana le dijo que si siendo dos valían desde la media y Javi asintió. No sólo eso, vio su apuesta y apostó doble o nada:
—No shssólo valen deshsdde la meddia, Sush... El que pbierrda invbitta a maghrissco...
—¿Marisco? Ok, trato hecho, que yo por marisco gratis barro del campo hasta a mi madre, chaval.
Susana lanzó la primera al centro y al tercer toque ya le había colado el primero con la izquierda, desde la línea media. Un estentóreo grito de ‹‹¡¡¡BMierrghdaaaa!!!›› recorrió el local, llegando hasta la calle.
El partido se desarrolló con normalidad, es decir, que uno tras otro todos los goles fueron entrando en la portería de Javi, quien al cuarto, viéndose impotente y asumiendo por enésima vez la derrota decidió poner toda su ebria atención en el hipnótico bambolear de las tetas de Susana. Cabe decir que la tensión sexual entre estos dos pájaros hace tiempo que podría haber dado pie a una novelilla finalista del Sonrisa Vertical. Ella imagina largos paseos por la playa junto a él, abrazados, viendo atardecer; fines de semana en la carretera, noches de hotel, dormida sobre su regazo tras haber hecho el amor, las luces de una ciudad ajena bañando sus cuerpos desnudos y demás inmortales estampas por el estilo. Él, en cambio, alterna la visión de los dulces ojos de ella, mirándole lasciva al tiempo que complaciente mientras le practica una felación, con la de su pandero blanquísimo rebotándole una y otra vez contra el vientre mientras él la embiste desatado, transformando con cada sacudida el doggystyle sudoroso en algo tan próximo al encuentro boxístico.
Sin embargo, pese a estar tan enamorados, aún no se han acostado. Mucho más que su mutuo anhelo subterráneo de compartir fluidos a ambos les puede la pasión por el futbolín de tugurio arrabalero. Susana es una suerte de Red Sonja posturbana que no abrirá su intimidad a ningún tío que previamente no la haya retado y vencido en el campo de juego. Javi es, como el 99’9 % de los hombres, un tío cuyo orgullo no soporta que una mujer le gane en su propio terreno.
La noche, por supuesto, acabó en victoria para ella, mariscada a costa de él y un pajote solitario en cada casa.
© Javier Iglesias
