¿Quién dijo crisis?

Un hombre en una cafetería. Sábado. Las nueve de la mañana. Un hombre joven y gris escribiendo en una cafetería, al calor de un café negro, media hora antes de entrar a trabajar. Escribiendo un relato en una libreta. ¿Parece sencillo, verdad? Es más, parece incluso “simple”… Y de hecho lo es. Muy simple… al menos desde este lado.

 

            Muy probablemente tú, lector, no creerás la historia que voy a contarte, y en efecto lo mejor es que así sea. La suspensión de la incredulidad y sobre todo tu cabal escepticismo harán el resto. Desconfiarás de ésta mi confesión, mi declaración de los hechos. Y así sucederá que descreyendo de mi relato estarás dando continuidad a la farsa, al tiempo que validas mi labor. Ya que mi labor —podríamos incluso llegar a llamarlo “trabajo”—, ya que mi “trabajo”, pues, consiste en engañarte una y otra vez, que creas que todo cuanto digo o describo es incierto, aun cuando a veces, en muy contadas ocasiones, no esté narrando otra cosa que la verdad. Como ahora, sin ir más lejos, cuando dicto a este joven y gris escritor de tercera lo que él creerá que es su relato y tú, incrédulo lector, creerás también su relato, pero que más allá de aquí —creo yo— no ha de llegar muy lejos.

 

            Aunque tal vez no he utilizado el verbo adecuado, quizá fuese más correcto hablar de “inyectar”, que es lo que hago a fin de cuentas, inyectar mi historia a través de palabras en su mente para verterlas sobra la tuya —las vuestras— después, y que tú pienses que todo partió de él en tanto él cree a ciencia cierta que lo parió de la nada.

 

            Se podría decir que tengo uno de los mejores trabajos del universo. Desde luego no me voy a quejar. La única pega de bulto es que no puedes conservar el, cómo lo llamáis… el copyright, la propiedad intelectual. No puedes firmar la propia obra. El mérito, del todo inmerecido, siempre se lo llevan otros. Pero por lo demás, bien, no seré yo quien ponga el grito en el cielo; sigue siendo mucho mejor que picar piedra. El cuándo y el por qué de cómo llegué hasta aquí, en cambio, se antoja historia que necesita de muchas más palabras de las que yo tengo previstas para este relato sin futuro, y además tampoco es que venga al caso. Ya habrá quien recoja el testigo. Somos muchos aquí y cada uno tiene que tragar con los materiales que le tocan en suerte. Te dan un nombre y una tarjeta con muy inespecíficas sugerencias, y a partir de ahí tú a desbarrar; te dejan a solas con tu imaginación y tu oficio y ahí te las apañes. A partir de entonces únicamente una directiva: “lo quieren listo en su mesa para anteayer”… Conque hoy te toca un anónimo eterno candidato a don nadie ensayando un microrrelato y mañana quién sabe: Gabo en su último saludo en el escenario, cargándose de un berrinche todo Macondo.

 

            Lo cierto es que no está ni bien ni mal pagado, no se puede calibrar el asunto en términos de humanos dineros. Dejémoslo en que lo pagan, lo que se dice, en “especias”, por un entendernos, y que con los años y el tedio y la mala leche de las horas te acaba pareciendo como cualquier otro oficio: mero trabajo.

 

Lo más desagradecido, con todo, es que aquí ni hay Justicia ni hay Ley, impera la idiota tiranía del todo vale: todos debemos saber escribir de todo y cualquier escrito vale lo mismo. No hay respeto para el genio ni para el artesano. Por eso cuando te sacas del magín todo un Faulkner, mira, bien, olé tus huevos, puedes ir tirando de ese hilo mientras al tipo, el tal Faulkner, le quede fuelle. Pero ni con ésas te quitas de encima los encargos de mierda, como éste, por ejemplo, ya que estamos… Poetas adolescentes, aspirantes frustrados, súper ventas de autoayuda, autores de best-seller. Antes o después te los acaban enchufando. Es como ir a galeras. Como cumplir condena haciendo horas en beneficio de la Comunidad. A veces es como una maldita montaña rusa. De locos. Un día estás arriba, cómodo, a tus anchas, hilando fino y bien, tocando las teclas precisas para dar cancha al último y mejor Carver…, y al siguiente el tipo espicha de cáncer y a ti tardan nada y menos en encasquetarte un Coelho, pongamos por caso… A eso ni siquiera se le puede llamar “estar abajo”. Eso es, sin más, una auténtica cabronada.

 

Y últimamente, además, está el tema del boom de los blogs y las bitácoras personales. De repente ahora todos vosotros, pequeños cabrones inmundos, os creéis en la potestad y la capacidad de decir algo, lo que sea, aunque sea basura. La democratización de la escritura. Menudo berenjenal. Es algo que está trayendo mucho esquirol y mucha subcontrata al sector. Gente que no trabaja bien, sin experiencia ni preparación, a la que se asciende deprisa y sin ningún criterio debido a la imparable demanda. Lo que acaba por degenerar en un empeoramiento de las condiciones laborales. Al final todos, veteranos y novatos, acabamos estragados y con la lengua fuera. Porque hay que sacar la faena se ponga uno como se ponga: cumplir con los horarios y las previsiones. Los mandamases de arriba no saben de excusas. O das el callo o te vas a la calle. Que es algo así como “la mar” de Manrique, esto es, el morir. Esta vez de verdad.

 

Una sinrazón, en definitiva, que para qué os cuento…

 

Y todo ello con qué objeto… Contestaré con una autocita, que para eso me he tomado este encargo en plan relax y más bien con poco afán de ocultar que esto no es sino una huelga de celo encubierta: “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza/¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza…”.

 

Éste fue uno de mis primeros encargos. Borges. Un trabajo fino, aunque esté mal que yo lo diga. Estaba en forma en aquel entonces, inmodestia aparte, es cierto, pero es de recibo reconocerlo… Mi nombre es Yásnaia Chertkov. Domino a la perfección 47 lenguas. Y soy inmortal.

 

 

© Javier Iglesias, 2009