Sachsenwald: porno nazi

Por Jimmy Prepuce

 

            Dice Rubén Lardín, un tipo que gasta buena prosa cuando de libídine y casquivanía se trata (y no sólo en ésas), que la cultura va siempre a la zaga de la naturaleza. Nosotros, que huimos de la labor instructiva como de los excesos de atención, no hemos venido a contarles a estas alturas que las artes del agrado propio son tan extensas en el tiempo como la misma historia de nuestra especie. Eso ya lo sabían, seguro. Pero, y sea a modo de repertorio de cachivaches, nos apetece contarles que el porno (súmmum de los instrumentos del autoplacer, en soledad o compañía) no es hoy lo que es por gusto, sino por venir su aura de muy lejos. Y viendo la posibilidad de meter las narices en lo que pasaba antes, ya que lo de ahora resulta ser un coñazo poco soportable, encontramos la excusa perfecta para buscar en la historia de la pornografía algunos precedentes muy jugosos y, de paso, insólitos. O no tanto.

 

            Quien haya visto Salon Kitty (1975) de Tinto Brass (película que, por cierto, precedió en la filmografía del director italiano a la famosa Calígula, de 1979) y haya hecho el esfuerzo de creer cuanto ahí se contaba, podrá decir que el Tercer Reich supo hacer un uso muy interesante de los productos de la eugenesia aria (jovencitas alemanas bastante bien proporcionadas, diríase) para obtener información privilegiada de personajes influyentes, tanto coterráneos (en operaciones de intraespionaje) como extranjeros que visitaban la Alemania nazi. Más allá de lo fiel a la historia real que la película de Brass pueda resultarnos, sí parece ser cierto que los servicios de inteligencia del régimen, auspiciados por dos tótems de las SS que se hacían llamar Reinhard Heydrich y Walter Schellenberg, pusieron en práctica esta técnica en un local llamado, en efecto, Salon Kitty. Y, según se cuenta entre diversas fuentes por confirmar (como si las fuentes confirmadas fueran importantes en los tiempos que corren), el mismísimo Goebbels fue objeto de investigación en el lupanar berlinés, sin saberlo él, como parte de la clientela fija. Y hasta cuentan que le gustaban los numeritos lésbicos. Todo un tipo.

 

            A otro clásico del séptimo arte nacido en Italia, Luchino Visconti, le debemos un retrato mucho más controvertido y visceral de los comportamientos sexuales entre los Stormtroopers (las SA o Tropas de asalto nazis) y los miembros de las SS, a través de la siempre aconsejable La caída de los dioses (La caduta degli dei, 1969), donde se recrea la cuestión con escasa o nula corrección política. Ese don olvidado, ya saben.

 

            Más allá de eso, todo un género de películas serie b fueron consagradas a la causa de purgar culpas y ejecutar vindictas improbables contra el gigante caído, desde los sesenta tardíos en adelante (Love Camp 7, en 1969; Ilsa, la loba de las SS, en 1974; Nazi Love Camp 27, en 1977, o La última orgía de la Gestapo, también en el 77). Y así nació el subgénero de la Nazisploitation. Rían, rían.

 

            En suma, no han sido pocas las representaciones fílmicas (más o menos interesadas) en las que la parafernalia grandilocuente del nazismo se ha visto rebajada a la nunca amable altura del hervidero lúgubre de depravación y vicio. No seremos nosotros quienes culpemos a los facilitadores del escarnio porque, a fin de cuentas, pocas cosas se prestan tanto al insulto como el mal que, de repente, se nos presenta inocuo y desarmado. Y pocos acontecimientos en la historia reciente son tan susceptibles de propiciar filias y fobias de semejante calado como la no tan lejana eclosión y expansión del nazismo. Como dice Lem en Provocación (1984), «La caracterización del nazismo se sumerge en un laberinto de diagnósticos, unos compatibles y otros contradictorios entre sí, porque sus crímenes son triviales en la superficie, pero su sentido más profundo es secretamente perverso». Cuando habla de la “trivialidad” del crimen, Lem tal vez se refiera a la justificación primaria, por poco elaborada, de la Endlösung (Solución final) dada su fundamentación en tesis de primacía racial que pretendían ser recomposiciones bastante burdas de ciertos postulados darwinistas. Lo cierto es que, dado el cariz de la matanza, su carácter perverso poca duda ofrece, y no hay dos elementos que transiten mejor por la misma senda que la sangre y la lascivia; busquen ejemplos y verán que no tardan mucho en encontrarlos. Lo demás viene solo, basta con hilar grueso y sin mucho remilgo, que es una cosa muy de hoy.

 

            Separándonos un poco del género ficción, toca pensar en cuánta mesura (o falta de lo mismo) puede haber en esa imagen incontinente que de la sexualidad del “nazi tipo” se ha venido vendiendo a lo largo de las últimas cuatro décadas. Tal vez ustedes hayan oído hablar de la Lebensborn. Bajo esta sociedad (cuya traducción textual viene a ser “Fuente de vida”) se escondía, según muchos, un criadero de retoños alemanes ungidos por los dones de la “pureza aria”. Aquello de “mejorar y perfeccionar la raza” por métodos selectivos de acoplamiento, como suena. En principio, y por no entorpecer la imagen propagandística del régimen cuando aún la cosa empezaba a asomar cabeza (la creación de estas Lebensborn data de 1935, aproximadamente), el invento se maquilló como una red de hogares de maternidad, orfanatos y casas de asistencia a madres solteras. Pero luego, cuando la parafernalia kitsch de los nazis perdió efectividad en la composición del embozo, algunos sospecharon que el único objeto de las Fuentes de vida era reclutar a cuantas jóvenes mujeres cumplieran con los rasgos prototípicos de la Rassenhygiene (limpieza racial) y forzarlas a dejarse fertilizar por los jóvenes e igualmente puros vástagos del Reich. En este aspecto (no demostrado) de las Fuentes de vida se basó la película alemana de 1969 Der Lebensborn (Forced to love, según título con que se comercializó en los Estados Unidos). Desde luego, lo que pocas teorías revisionistas pueden hacernos creer, por más que se empeñen, es que las Hitlerjugend se dedicaban a salir de paseo por los caminos campestres de Alemania cual inocentes pandillas de scouts de ambos sexos entregados a la mera contemplación de los bosques.

 

            En todo caso, lo que no nos resultaría sorprendente del todo sería el uso de la mujer en la maquinaria nacionalsocialista como mero instrumento de perpetuación de la raza entregado, pues, a la labor de la maternidad de forma abnegada y sin excesivo margen de elección. No sería el primer caso de dictadura que enfatiza el papel de la mujer en el rol exclusivo de la reproducción, y, dado el componente eugenésico tan preeminente en el caso nazi, no sería difícil que la tendencia pasara a adquirir naturaleza de fundamento.

 

            Pero mientras uno pudiera sospechar, condicionado por lo que ahora sabemos, que en la base misma del “arianismo” se escondía el germen de una recreación desmesurada en los “mecanismos reproductivos” (por usar un lenguaje en consonancia con las calculadas euritmias nazis) entre alemanes y alemanas de “raza pura” en edad fértil, apenas se han encontrado pruebas que refuten tal suposición, de no ser por la interpretación que, sin aventurar en exceso, pudiera hacerse de los postulados del Reich. Parece lógico pensar que, dado el celo con que los nazis sostenían su escala de valores y la rectitud aparente en cuanto concernía a los asuntos del joder, pues el joder sólo se consagraba a la sacra tarea de la conservación y la catarsis racial, no sería fácil encontrar exhibiciones de su fecundo ardor patriótico en la pornografía al uso. De hecho, el propio Hitler, en la línea de otros dictadores (Primo de Rivera o Franco en España, por acudir a los ejemplos más próximos) se erigió ante la opinión pública como defensor a ultranza de la moralidad, el puritanismo y los buenos usos, haciendo parte sustancial de su propaganda la demonización sistemática de cualquier expresión de erotismo explícito, lo que propició una casi absoluta desaparición de la literatura y el apenas incipiente cine pornográfico en la Alemania de pre-guerra, así como durante el propio conflicto bélico.

 

            Sin embargo, y contra cualquier pronóstico razonable dado el precedente argumentado en el párrafo anterior, una leyenda rodeó siempre al Reich: la existencia de los llamados “filmes de Sachsenwald”. Lejos de ser una invención revanchista de los lobbys judíos por arrastrar la ya depauperada imagen de los nazis, parece ser muy cierto que en los albores de la década de los 40 se rodaron en las proximidades de Hamburgo, bajo el auspicio del gobierno del führer, una serie de películas pornográficas (nada de softcore) cuyo objetivo era, en principio y según sostiene el documentalista Alexander Kluge, la pura transacción comercial con países ricos en determinadas materias primas que ya entonces escaseaban en Alemania. Porno nazi a cambio de hierro sueco y petróleo tunecino. Vaya.

 

            Bajo títulos tan poco emparentados con la Lustmord como Der Fallersteller (Cazador con trampas), Frühlings Erwachen (El despertar de la primavera) o Waldeslust (El bosque del placer), se encuentra un repertorio de prácticas que parecen ir (según testimonio de Thor Kunkel, autor de la novela Endstufe, precisamente basada en la filmografía porno del Tercer Reich) desde el sexo oral, a las orgías o el sadomasoquismo. Cuentan que los responsables de la producción de las cintas eran miembros de una sociedad (Sociedad Hedonista Swing) compuesta por miembros de la alta nobleza y la élite artística del nacionalsocialismo. Y, aunque no haya quedado del todo claro el modo en que el gobierno de Hitler pudo participar en la subvención y difusión de las cintas, lo que sí parece quedar constatado es que, cuando menos, el régimen fue connivente con el tema.

 

            No caben en este sitio ponderaciones de corte moralista sobre el asunto, por cuanto nos declaramos profanos en la materia (del moralismo) y, además, nos apetecen poco esa clase de juicios. Sí nos resulta curioso en cambio, de ahí el destacado en este número, que el envés de la moralidad extrema (como se constata, entre otros muchos casos, con el ejemplo de la etapa victoriana en la Gran Bretaña del siglo XIX) oculte a menudo sorpresas tan jugosas. De ahí a emparentar los usos sexuales del nazismo con una desfiguración extremosa de cierto paganismo centroeuropeo dado a la exégesis de lo carnal hay un paso, pero eso, sea como fuere, queda al arbitrio de quien lee. Cosa suya, como siempre.

 

            En fin; como quiera que ni ustedes ni nosotros tendremos nunca la posibilidad de acceder a los documentos fílmicos antes mencionados, todo quedará sumido en la misma nebulosa de la que venía, pero al menos ahora tal vez nos reste la posibilidad de disipar según qué dudas sobre la naturaleza indiscutiblemente humana de aquel Luzbel informe y temible. Como decía un personaje en la película del siempre admirado, pese a quien le pese, Woody Allen, Hannah y sus hermanas (1986) en relación con el Holocausto nazi, lo extraño no es que aquello ocurriera, lo verdaderamente extraño es que no ocurra más a menudo. Humanum natura