Cuatro consejos

para la protección de la lengua española

 

Por El Parado Amancebado

 

            El español, castellano o el lingo de los chelis, es un idioma variado, eficaz y enriquecido por multitud de otras lenguas y teleseries sudamericanas y norteamericanas; una lengua universal que gracias a De Prada, a Loriga, a Loureiro, o a Etxebarria se mantiene viva, palpitante, erecta, venosa, conservando siempre su belleza fresca y virginal inocencia, su delicadeza, su elegancia y si se la deja suelta, a la menor ocasión retoma sus virulentos ataques contra su padre putativo, que es el diccionario de la R.A.E.

 

            Pero no caigamos en el optimismo ramplón, porque en un mundo achatado por los polos y ensanchado por el Ecuador (capital Quito), un mundo casi redondo y con satélite, nuestra preciosa lengua  está sufriendo una crisis de identidad terrible. Tan grave que de no poner coto a la situación rápidamente nos llevará a hablar con monosílabos y gruñidos en lugar de con exabruptos e insultos que han sobrevivido al paso de siglos y siglos de depuración, concreción y mala baba.

 

            Llámenlo riqueza lingüística, llámenlo tozudez patria, pero el caso es que el español ha aceptado a lo largo de su historia tan mal los neologismos que no sólo ya los nombres propios y apellidos han tenido que pasar por la aduana de la pronunciación (vean “Espiderman”, “chespir”, “milikito”) sino que incluso los términos referentes a nuevos descubrimientos e inventos también se han llevado las del pulpo (pinganillo, formatear, inicializar...).

 

            ¿Es acaso la hora de cambiar los biorritmos de un ecosistema metafísico en el que se han dejado los codos, la salud y la vida Valle-Inclán, Velázquez y hasta Vázquez? No señores y señoras, no nos hace falta en absoluto.

 

            Cada persona es muy libre de hablar como quiera y como pueda, siempre que lo haga sola y sin molestar a nadie, pero existen ciertas palabras, francamente de muy mal gusto, que les aconsejaría revisar y, si fueran tan amables, cambiar su uso por aquello de qué dirán, sobretodo los hijos de sus hijos.

 

            Con estos consejos, nacidos desde mi más humilde soberbia, unos pocos ejemplos de los muchísimos rotos que ensucian nuestra querida lengua, espero que recapaciten y sean tan amables de hacer un esfuerzo por dejar de decir tantas tonterías.

 

-Remake VS. Adaptación, versión, engañabobos.

 

            Desde que J.L. Garci empezó a pasearse con sus amigos por las televisiones, toda una generación de cinéfilos tontos  del higo comenzaron a imitar sus manías, fumar en pipa, fingir sus gestos y adoptar neologismos propios de productores, vedettes y subvencionados de la corrala.

 

            Este es el caso de la palabra remake: Una palabra fea, dura y ordinaria que pretende significar el fenómeno comercial por el cual una obra, del medio que sea, se realiza de nuevo, e incluso salta a otro medio para seguir meneando la caja registradora con salero.

 

             Este brillante ejercicio de marketing trotón, golosina de productores/editores y alegría de los actores/escritores más penosos y con un afán de inmortalidad exacerbado a costa del sudor de otros, es un fenómeno especialmente intenso en los últimos 25 años.

 

             Años siniestros, oscuros, torvos, en los que la producción cultural la protagonizan señores entrados en años patrullando la noche en leotardos y con capa, solteronas anorgásmicas dándonos lecciones sobre la belleza del vivir, la misma canción caribeña repetida doscientas veces cambiando dos palabras cada vez, sustos del tren de la bruja mientras entre cuatro menean la cámara como una barraca de feria, tiras de prensa insoportables sobre hipopótamos con retraso mental y un largo y dolorosísimo etc. ¡ay!

 

            Viendo la tónica general y añadiendo al cocido la crisis económica reinante es comprensible, que no perdonable, que el  rancio termino remake se haya enquistado de tal manera, con usos tan variados como peregrinos, en nuestro desasosegante día a día que apenas podemos saludar a algún imbécil conocido nuestro sin que la palabra salga cuatro o cinco veces en la breve conversación, feroz apaleamiento y rápida fuga. Veamos algunos ejemplos de su pobre uso que todos conocemos:

 

            -Mañana me hacen el remake de sexo.

            -¡Qué ganas tengo de que estrenen el remake de Amelié, pura poesía!

            -Esta suma no es correcta Pepito, haz un remake de ella.

            -Se habían divorciado pero ahora están otra vez juntos haciendo un remake.

            -¡Vete dónde tú madre a que te haga un remake!

 

            Terrorífico. Como ven la calle, los parques propiedad de Latin Kings y los eventos con canapés, paletos y fulanas son cada día más duros e inaccesibles para el no iniciado en los usos del esperpento lingüístico, y por lo tanto es prácticamente imposible entender sus “jergos” y “palavros” y sentirse realizado culturalmente.

 

            Yo les recomiendo que intenten hablar una lengua común y volver a los usos comunes para paliar tanto analfabetismo reinante. Hagan el esfuerzo por sustituir la ordinariez del remake con palabras más clásicas, inteligibles y con mucha más clase como “adaptación”, “versión”, “revisión” e incluso “engañabobos”:

 

            -¡cómo me gusto el engañabobos de los tíos en mallas que vigilaban!, ¡qué profundidad!

            -Hija mía,  haz un ejercicio de adaptación porque pronto vas a ser mamá.

            -Lo que más me mola de esta versión es cuando Hamlet viola a Ofelia.

 

-Freak, friki, freaki VS. Tonto del pueblo:

 

            Nuestros tiempos son especialmente interesantes desde que a principios de los años 80 los científicos soviéticos anunciaron su revolucionario descubrimiento que aseguraba que “las personas normales no existen”.

 

            Como ven la teoría lejos de ser traumática y reveladora nos propone una existencia más sosegada y sana para el desarrollo individual que otros estudios creacionistas que aseguran que  “la gente normal no sólo existe, sino que es más mejor  y semos muchos más”.

 

            Pero si vivimos en un siglo de anormales orgullosos y conscientes de su condición, no lo es menos una época de anormales que quieren sobresalir,  y cómo jugar a la contra es convertirse en una “persona normal”, calzarse traje, corbata y estafar a la gente venciendo seguros, la mayoría de los exaltados optan por rizar el rizo y profundizar aún más en su anormalidad:

            De ahí que no sólo muchos pobres diablos aseguren con una soltura inusitada por parques y pradillos que “son más freaks que nadie”, sino que haya hasta patadas,  puñetazos y encendidas discusiones para dirimir quién es “más anormal” de determinado grupo de asnos.

 

            Por otro lado como en nuestras tierras los circos siempre han estado en nuestras calles y la monstruosidad lejos de mostrarse enjaulada o en una vitrina, tras el desembolso de rigor, se ha paseado alegremente y de manera gratuita por nuestras universidades, palacios, alcaldías y oficinas, el uso del término “freak”, con toda su carga de fatalidad y cobro económico, no debería haber nunca prosperado en nuestra lengua quijotesca a la vez que frases de este tipo no deberían haberse pronunciado nunca:

            -A mi dame Nintendo y llámame freak...

            -Soy un freak de los neo-vampiros, esos que van a discotecas y tal.

            -El freaki no conoce a su madre y rara vez a su padre.

            -Trabajo de informático pero en realidad soy friki, nena.

 

            Yo les propongo que en lugar de palabras tan feas como freak,  friki o  freaki, usemos el castizo “Tonto del pueblo”, o “tontolpueblo” de toda la vida, para referirnos a estos sujetos que ansían  colgarse todo tipo de etiquetas para respirar tranquilos.

             -Soy un tonto del pueblo enorme, me tragué las dos primeras temporadas de Lost en deuvedé el viernes pasado.

            -Esa chica es una tonta del pueblo de Ramoncín, tiene todos sus discos, ¡y comprados!

            -¡Mira los tontos del pueblo del “mangas” qué contentos van todos disfrazadicos de gatos y ninjas!

 

            Por supuesto la figura tan necesaria del vecino disminuido psíquico, siempre entrañable y simpático, no hace completa justicia a la hora de describir a los que se proclaman freaks con una ligereza pasmosa, pero es una de las que yo creo más recomendables por sus connotaciones populares patrias y sus reminiscencias esencialistas eternas: al tonto del pueblo se le respetaba  porque era  entrañable, indefenso y nativo, pero sobretodo porque era solamente uno por población, cuando el número se desmelenaba se les mataba  a pedradas y se les tiraba al pilón; algo que desgraciadamente no pasa en las convenciones de Starwars, clubs de AD&D y salas de cine de arte y ensayo con charla coloquio.

 

-Novela grafica Vs. Tebeo, cómic e historieta:

 

            A pesar de que este es un país tan dado a la novela ágrafa, o novela analfabeta, ese invento del departamento de marketing de Marvel llamado “novela gráfica” dirigido principalmente a personas teóricamente maduritas pero con enormes complejos por seguir leyendo tebeos o cómics ha prosperado; todo esto a pesar de que en España trabajan algunos de los mejores dibujantes y guionistas de tebeos a nivel mundial, cosa que por otra parte no impide que sea una profesión despreciada y desprestigiada.

 

            Por el contrario en EE.UU dónde sí que gozan de cierto prestigio, sueldos decentes y reconocimiento social desde hace unos 40 años, es precisamente dónde se inventó la gracieta de la “novela gráfica”, quizá para rizar aún más el rizo e insistir en lo que ya todos sabemos: El cómic es una disciplina artística capaz de narrar historias de grueso calibre y alta enjundia.

 

            Entre marketing rampante y ejercicios de ego propios de otros médios nos plantamos en nuestros días en los que una machacona campaña publicitaria sobre la “novela gráfica” parece inundarlo toda conversación entre besugos:

 

            -Sí, esta arrebatadora obra maestra del cine está basada en una novela gráfica.

            -¡claro, es que una novela gráfica es algo como más mejor y más adulto!

            -A Pedrito le vamos a regalar la colección de novelas gráficas del Jabato por su comunión.

 

            Como ven la cosa resulta triste, mezquina y parte el corazón a los pobres hermanos Zipi y Zape. Yo les rogaría que bucearan en las entretelas de su corazón y devolviesen la dignidad patria a un medio tan fértil en nuestras tierras: tebeo, cómic e incluso historietas son palabras dignas, precisas y hasta tienen dónde elegir si no les gusta el sonido de alguna, antes de caer en términos tan vacios como pretenciosos:

 

            -A mí me gustan mucho los tebeos pornográficos.

            -Esta historieta una obra maestra.

            -En Junio sale a la venta el tebeo de la película que se basa en el cómic.

 

-Glamour VS. Gilipollismo:

 

            El imaginario con respecto al mundo del erotismo de mojigatos, mitómanos e informáticos de provincias es lo suficientemente precario para que encima se les intente confundir con los neologismos más chuscos y banales.

            Glamour, que es una palabra tan imbécil como pretenciosa, empezó a utilizarse para describir la tontería, los excesos y los calores de las primeras generaciones locas de Hollywood sin tener la necesidad de tener que aludir directamente a sus problemas con las drogas, sus aficiones sexuales con niños y niñas o sus tarifas económicas por servicio sexual.

 

            Como a todo un planeta de cretinos bienintencionados, e incluso la misma gente del gremio que ha optado por mantener sus negocios venéreos y venosos en secreto, suele preferir edulcorar la realidad para hacerla no sólo un producto más rentable sino quitarle dramatismo al asunto, comenzamos a fabricar palabras no recomendadas para diabéticos por su nivel de glucosa.

 

            Empezamos el siglo con glamour y lo terminamos llamando a la prensa más canalla y más miserable “prensa rosa”.

 

            Con el tiempo glamour no sólo ha enmascarado toda una realidad disfrazada en seda y en morfina, hoy Chanel, Hugo Boss y cocaína, sino que incluso ha querido intentar pasar por una palabra cargada de misterio y exotismo, exclusiva de una clase especial, un término reservado a la élite de la elegancia parda.

 

            Desgraciadamente las palabras no tienen dueño y hay muchos imbéciles que también las utilizan a su antojo por ello no es raro oír decir barbaridades en cualquier esquina cosas como:

            -Pero qué festival de cine tan rebosante del glamour más delicioso y refrescante.

            -El glamour no faltó en la Siberia soviética.

            -Pepita es todo glamour y sólo cobra 600€.

            -Las fulanas y los chaperos de cabaret son actores de mucho glamour.

 

            Yo les aconsejo de la forma más educada que por favor eliminasen esa palabra tan hipócrita y cretino de su “bocavulario” y les propongo, en sana confianza, que comenzasen a emplear la palabra “gilipollismo”; palabra redonda y rotunda en su sonido y significado que describe a la perfección el tipo de fastos y pastos dónde dicen que el glamour, como la penicilina, rezuma:

            Diga:

            -¡Cuánto gilipollismo hay en el mundo del cine!

            -¡El desfile de modas por el hambre del tercer mundo era de un gilipollismo arrebatador!

            -Un mundo de gilipollismo reservado a pocos elegidos.

 

            Como “gilipollismo” se queda un poco corto, principalmente por su suavidad melódica, a la hora de describir una dimensión de sensualidad mercenaria, elegancia  de mercadillo y erotismo pornográfico, les sugiero que para referirse a casos concretos con nombres y apellidos utilizasen algunas de las expresiones más bellas de nuestro lenguaje.

 

            “Putón verbenero” o “zorra de descampado” sirven perfectamente para describir de una manera apropiada las virtudes, cualidades y negocios de las señoras y señoritas del ramo del glamour; para los señoritos y caballeros recomiendo los clásicos epítetos de “Chulo de piscinas” o “depredador de urinarios”.

 

            Así que por favor no diga:

            -¡Qué elegancia y clase! Esa pareja de actores exhalaban glamour.

            Diga:

            -¡Qué clase y elegancia! Ella iba como una puta de descampado y él como un chulo de urinarios.