El lenguaje de la carne
-- Advertencia: este artículo contiene imágenes sólo aptas para mayores de 18 años, algunas de las cuales pueden herir su sensibilidad --
Por Jimmy Prepuce
Dedicarle una reflexión más o menos extensa a esto de la fotografía erótica es algo que ustedes, seguro, no echaban en falta. Pero estas cosas no las hacemos tanto por necesidad como por gusto, y hablar de fotografía sin alardear de haberse chupado de cabo a rabo los ensayos de Susan Sontag sobre el asunto es un mérito muy extendido que bien merece su punto de atención.
Es la fotografía con toda probabilidad la más “democrática” de las artes, cualidad que le permite acumular vicios muy dados al criterio azaroso del creador. Tanto se puede decir de la escultura, la literatura, la pintura o el cine, cierto, pero la fotografía se aproxima más a la experiencia del creador diletante, tal vez, y en esto encontramos el ardid perfecto para que cualquiera con cierta idea sobre revelado, películas y obturadores se aventure en la cuestión. Y quede eso desprovisto de acento crítico, claro. Si a lo anterior unimos que en medio de este fervor tecnológico es aún más sencillo montar la propia creación gracias a las fabulosas cámaras digitales y, previo paso por programas de edición de imagen, retocar, quitar, poner y transformar cuanto se desee el resultado, no queda margen de duda sobre las posibilidades que el medio ofrece.
Pocas formas resultan tan eficaces a la hora de aprehender la experiencia, por así decir, y en eso se aspira encontrar el maná de la expresión creativa con auspicios tan dudosos como aquel “una imagen vale más que mil palabras”. Olvídenlo, hay palabras que merecen la pena más que millones de imágenes, y al revés; de entrada, nos importa bastante negar ese tipo de eslóganes tan regados de verdad absoluta. Y todos en paz, ¿o no? Lo que no se le puede negar a la fotografía es su capacidad para generar reacciones inmediatas, por aquello de nuestra orientación ontogénica al estímulo visual; las imágenes pueden captar la atención, el primer filtro que disponen nuestros recursos cognitivos a la hora de experimentar lo que nos rodea, con una eficacia a la que no pueden aspirar ni lejanamente otros lenguajes, y esa virtud representa, con mucho, una ventaja en este mundo nuestro de vértigos, usos, abusos y hedonismos a contrarreloj.
Incluyamos en la descripción del medio el análisis del contenido, ese ingrediente que, en apariencia necesario, cada vez resulta menos imprescindible para que el arte merezca su epíteto (piensen en Tracey Emin y díganme si importa o no “el contenido”). Siempre que ese contenido no sea sexo, claro; a partir de esa línea no hay negocio que valga. Nos debemos al gregarismo de la masa y ahí nuestra naturaleza, ay, consigue que los mecanismos de la perpetuación ordenen nuestra conducta hasta límites que, bien mirados, nos convierten en lo que somos (ahorremos en descripciones). El sexo es un estímulo atractivo per se, y en esto no espero debate.
Gracias a ello, la fotografía erótica o pornográfica (dicen que una cosa y otra son muy distintas; qué quieren que les diga…) gozará siempre del beneplácito popular. Bravo. Y, por decir más, en el porno se suelen repetir las máximas de la vida, sin particularismos. Hoy, por ejemplo, cuanto más rápido y excesivo, cuanto más insólito e inédito en apariencia, mejor. La faceta artística surca esos mismos derroteros, debo suponer, pero ese debate sólo podría interesar a los estetas de la cuestión, franca minoría. Frente a ellos, una legión creciente de consumidores agitados por la búsqueda de lo eficaz, lo inmediato. El sino de nuestro tiempo, quizás.
Thomas Buchta hace de su virtud para lo instantáneo un dialogismo pulcrísimo entre obra y espectador. ¿Puede pasar por “limpio” algo que, en esencia, no lo es? En fin, exhibir sangre, fluidos corporales de naturaleza incierta repartidos por doquier, mostrar la carne en su faceta más quirúrgica, podría ser el embozo tras el que se esconde algún tipo de mensaje. De lo contrario, ¿a qué viene todo eso, Thomas? Pero, de nuevo, ¿debe importar el mensaje? Si nos sometemos a la experiencia de observar las fotografías de Buchta con la intención de asistir a la recreación de un momento artístico imborrable, es posible que en algún momento se nos despierte el sentido crítico e intentemos llegar más allá de lo obvio, más allá de los genitales mutilados, los cuerpos ensangrentados y los senos lacerados. Pero, de no ser así, ¿importará? Buchta expone en su inventario de imágenes las condiciones de su propio código artístico; más allá de eso, a quien mira le queda la posibilidad de aceptarlo o negarlo, pero siempre con opción legítima a plantearse si es ahí donde radica el objetivo del autor. El artista tal vez no busque tanto conmover, generar asco o deseo, como poner en duda la realidad de un medio que, por experiencia, asociamos a “lo real”, a la representación más inmaculada posible de “la verdad”.
Buchta emplea fotografía mixta, mezcla la imagen real con técnicas de diseño digital, y consigue impregnar su obra de un aura onírica que recuerda la
iconografía de los surrealistas, aquellos experimentos de Dalí con la cámara de fotos, incluso los excesos chacineros de Topor, pero restándole a la cuestión espontaneidad (el tratamiento es tan esmerado que la impresión, por encima del propio contenido de las imágenes, es más bien aséptico y casi inofensivo) y sumándole un punto de asfixia, de “adulteración” quizás demasiado premeditada.
En una línea semejante a la de Buchta encontramos a otro gran nombre de la fotografía actual: Gilles Berquet. Éste, sin embargo, se centra más en el aspecto fetichista y menos en el juego escabroso de provocación a través de la víscera pura y dura. Berquet frecuenta mucho más el plano conjunto y el plano figura que los primerísimos planos, y en sus obras se suele escenificar la acción, el movimiento, casi siempre mediante el uso de elementos que cobran preeminencia por su valor supuestamente simbólico. Es por ello que al bueno de Gilles le podría sentar de maravilla el apelativo de “rey de las meadas”; es raro ver fotografías suyas en que una dama bañada en látex de pies a cabeza no aparezca dorando la escena con relativa naturalidad, como si tal cosa.
Berquet tira (y abusa) de los sepias y b/n, cosa que aporta un punto de
alejamiento al espectador pero confiere elegancia (dicen) al conjunto. La sensación que transmiten sus creaciones es, desde luego, de estética pura, esmeradísima, y con algo de suerte puede uno asistir a momentos de belleza poco discutible en algunos de los pasajes por él capturados. El fetiche, claro, añade enteros a esa generadora de buenas disposiciones que es nuestra libido. Por lo demás, la cosa estará muy cuidada y será simpática de ver, no lo dudo, pero lleva haciéndose desde los tiempos de Betty Page.
A Richard Kadrey lo podríamos colocar en la bisectriz sobre la que confluyen los dos anteriores, pero con un añadido que le concede a su obra un punto de interés del que los otros carecen en buena medida: la variedad. A
Kadrey tanto podemos encontrarle firmando una delicada fotografía en blanco y negro en la que todo se insinúa y nada se enseña, como sellando su estampa sobre el primerísimo plano de una señora que se inserta la cabeza de una muñeca en pleno frenesí vaginal. A éste nada se le parece resistir: bondage, bdsm, sado, fetichismos de toda naturaleza y clase, parejas follando entre pedazos de carne; todo es posible. Y cualquier técnica, además, cabe en la exhibición: desde el blanco y negro hasta la estridencia de los cálidos muy saturados, casi a la moda de las polaroids de los 70, pasando por brillos, difuminaciones, enfoques muy particulares y un largo etcétera.
No cabe duda: estamos en la era en que sexo superlativo y “arte” mejor casan. Siendo, además, la fotografía el medio más asequible de expresión en ese alarde hodierno de simbiosis tan proclive a argumentar cosas extrañas (volviendo a Sontag, aquella fantasía masculina de ver el falo encarnado en arma desgarradora/depredadora y, en concatenación de silogismos que ni ella
en su sano juicio podría creer, la cámara fotográfica como “pene”, como “arma justiciera” –una coña, sí, pero dicha muy en serio y como con aire de didacticismo perpetuo), nos vemos en la mejor tesitura posible para el florecimiento de figuras que, desde el más rotundo amateurismo, ya han forjado una auténtica leyenda y unos ingresos bien asociados a ella. Es el caso, por ejemplo, de la joven fotógrafa finlandesa Jenni Tapanila, muy aficionada a la sangre y al retrato de la mutilación, con menos intención erótica en los desnudos (también menos frecuentes éstos que en los fotógrafos antes mencionados), probablemente más centrada en mostrar el carácter frágil y maleable (en el sentido más físico que admita el término) de la condición humana. Mucha cara de niña triste, mucha estética “oscura” (o “gótica”, si no nos importa degenerar el concepto), mucho primer plano y todo eso que tan bien hace funcionar el nuevo paradigma vampírico.
Otra cosa mucho más amable y divertida es lo de Danilo Pasquali, que encuentra en la transfiguración el elemento perfecto para dibujar secuencias llenas de humor y, sin aventuras extrañas, reflexiones sobre asuntos sensibles como las relaciones personales, la religión o el sexo, desde una perspectiva que, al menos a primera vista, tiene poco de prédica omnisapiente y mucho de quitarle hierro a tanta vanagloria librepensadora. Los actores (y digo actores porque la acción forma parte de su lenguaje estético por encima de cualquier otro elemento) de sus fotografías casi siempre aparecen con el rostro cubierto o semicubierto, ya sea por vendas, máscaras de animales, caretas o cualquier otro tipo de embozo. El elemento erótico suele asociarse a contextos poco usuales (lugares abandonados o en franca decadencia) y a prácticas de dominación-sumisión.
En fin, hemos presentado varios ejemplos (una mínima muestra que en ningún caso aspira a ser significativa) de por qué derroteros se mueve la fotografía “erótica” de nuestros días. Todos ellos son válidos, en mayor o menor medida, para poner a prueba aquella máxima según la cual la fotografía aspira a dignificar el hecho inmortalizado, entender la fotografía como mera búsqueda de la belleza, como captación y conquista de la realidad representada. Todos los artistas mencionados confrontan la verdad expresa con una aproximación a lo excesivo que es, sobre todo, la forma más rentable y rápida de generar desequilibrio, de crear disonancias en el espectador. Y si por ese intersticio se nos cuela la necesidad de poner en duda lo establecido, lo que se nos presenta como certeza incuestionable, ya me contarán. Para aplaudir, ¿no?
Thomas Buchta:
Gilles Berquet:
Richard Kadrey:
Jenni Tapanila:
Danilo Pasquali:


















